Hay equipos que llevan años compartiendo oficina y apenas se conocen. No por mala voluntad: simplemente no ha habido el momento. Una cata de cerveza no es la solución a todos los problemas de cohesión de un equipo. Pero tiene una cosa que pocas dinámicas consiguen: hace que la gente hable de algo que no es el trabajo.
El problema de los equipos que no se conocen
Los responsables de recursos humanos tienen una palabra para describirlo: silos. Departamentos que funcionan hacia adentro, que se coordinan cuando tienen que hacerlo y que no generan apenas relación fuera de los proyectos comunes. La gente llega, trabaja, se va. Nadie lo hace con mala intención. Simplemente no hay el contexto para que ocurra otra cosa.
El problema de los silos no es de actitud: es de oportunidad. Las personas no conectan porque no tienen un terreno común donde hacerlo. Las reuniones no sirven para eso. Los emails, menos. Los almuerzos de empresa tienen el problema de que suelen reproducir exactamente la misma estructura social que ya existe: los de siempre juntos, los nuevos en una mesa aparte, los jefes en su extremo.
Para que la conexión ocurra de verdad, necesitas una situación que borre temporalmente las posiciones habituales y ponga a todo el mundo en el mismo punto de partida. Eso es lo que hace una cata. Y la de cerveza lo hace especialmente bien.
Por qué la cerveza funciona mejor que el karting
Las actividades de team building más tradicionales tienen un problema estructural: ponen a la gente a competir. El karting, el pádel, el escape room con clasificación: todos crean ganadores y perdedores, y eso reproduce o amplifica jerarquías que ya existen. El que es bueno en algo sigue siendo bueno. El que no, pasa el rato sintiéndose observado.
La cata no funciona así. No hay ganadores. No hay una habilidad previa que te dé ventaja. No hay coordinación motriz, ni velocidad, ni fuerza. Hay nariz, hay atención, hay la voluntad de decir en voz alta lo que percibes aunque no estés seguro de que es correcto.
Y la cerveza en particular elimina la barrera del conocimiento previo que puede aparecer con el vino. Mucha gente tiene la sensación de que el vino “requiere saber”. La cerveza no genera ese bloqueo. Todo el mundo ha tomado cerveza. Nadie se siente en desventaja desde el principio.
Lo que ocurre entonces es que las personas empiezan a participar. Y cuando participan, hablan. Y cuando hablan sobre algo que no es trabajo, empiezan a aparecer las personas reales detrás de los roles.
Lo que ocurre cuando todos empiezan desde cero al mismo tiempo
Una cata bien guiada tiene una estructura que es, en el fondo, una estructura de descubrimiento compartido. El catador o el sumiller va presentando cada cerveza con una información mínima —estilo, procedencia, proceso de elaboración— y después cede la palabra. ¿Qué notas? ¿A qué te recuerda? ¿Qué te parece el amargor?
Nadie sabe la respuesta correcta. Nadie puede llegar con los deberes hechos. Todos están exactamente en el mismo punto.
Eso tiene un efecto social que es difícil de replicar de otra manera: elimina el filtro de la posición. El director de operaciones, que lleva quince años en la empresa, no tiene más autoridad sobre lo que le sabe una cerveza negra que la persona que lleva tres meses en el departamento. Aquí, la única autoridad es la percepción de cada uno, y esa percepción es inaccesible para los demás.
El resultado es que la gente habla con una libertad que en el contexto de trabajo no existe. Se permite decir “esto es horrible” o “a mí me encanta, aunque sé que soy el único”. Se ríe de sus propias percepciones. Se sorprende de las de otros. Y en ese espacio de improvisación colectiva es donde ocurren las conversaciones que no ocurren en ningún otro sitio.
La jerarquía no cata igual que el resto
Hay un momento en toda cata de empresa que ocurre con suficiente frecuencia como para que podamos anticiparlo: el jefe dice algo con mucha seguridad y el equipo lo mira esperando validación. Es un reflejo de la dinámica habitual. En el trabajo, cuando el jefe habla, la sala escucha.
En una cata eso se cae solo, porque el catador que guía la sesión trata a todo el mundo exactamente igual. No hay deferencia jerárquica. La pregunta “¿Y a ti qué te parece?” se dirige a todos por igual. Y muchas veces ocurre que alguien del equipo detecta algo que el responsable no percibe, o que la persona más callada del grupo resulta tener las percepciones más precisas.
Eso no es trivial. Ver a tu jefe en una situación donde no tiene más autoridad que tú es una pequeña pero real reconfiguración de la relación. Y ver a la persona más callada del equipo brillar con una descripción precisa de lo que tiene en la copa genera un tipo de reconocimiento que no aparece en los proyectos del día a día.
Son momentos pequeños. Pero los momentos pequeños son los que cambian la percepción que tenemos de las personas con las que trabajamos.
Qué queda después de una cata de cerveza con el equipo
No vamos a prometerte desde Lo Catamos que después de una cata de cerveza tu equipo va a rendir un treinta por ciento más ni que los conflictos de comunicación entre departamentos van a desaparecer. Eso no lo puede garantizar ninguna actividad de team building, y si alguien te lo dice, miente.
Lo que sí ocurre después de una cata bien ejecutada es más modesto y más real: la gente se ha visto en un contexto diferente. Se han dicho cosas que no tienen que ver con proyectos ni con deadlines. Han compartido una experiencia que tiene un inicio, un desarrollo y un final, y en la que todos han participado de forma activa.
El efecto práctico de eso es que la semana siguiente, cuando el de logística pasa por delante de la mesa del de diseño en el pasillo, tiene algo de qué hablar. Una referencia compartida. Un momento que los dos recuerdan. Eso es, en esencia, el primer paso de cualquier relación de confianza en un equipo: haber estado en el mismo sitio haciendo lo mismo y haberlo pasado bien juntos.
Preguntas frecuentes
¿Qué tamaño de grupo es el adecuado para una cata de cerveza de equipo?
Trabajamos con grupos desde 15 personas. Por encima de 50 o 60, empezamos a valorar si tiene más sentido dividir o adaptar el formato para mantener la participación de todos. El objetivo es que la cata sea una experiencia de intercambio, no un espectáculo que la gente observa desde lejos.
¿Hace falta que el equipo tenga interés previo en la cerveza?
No. De hecho, los grupos con menor conocimiento previo suelen ser los más participativos porque no tienen el freno de “no quiero decir algo que suene mal”. La cata funciona mejor con curiosidad que con conocimiento.
¿Cuánto dura una cata de cerveza para empresa?
Generalmente, entre 60 y 90 minutos. Lo suficiente para probar entre cuatro y seis estilos distintos con profundidad, sin que la gente acabe saturada. El ritmo lo marca el grupo, no el reloj.
¿Se puede combinar con una cena o un evento más amplio?
Sí, y funciona bien. La cata al principio de una cena, por ejemplo, actúa como rompehielos y hace que la mesa siguiente sea mucho más animada. También se integra sin problema en jornadas de empresa o eventos con más actividades.
El momento que no ocurre solo
Los equipos no se cohesionan solos por el simple hecho de trabajar juntos. Necesitan contextos donde la relación pueda ocurrir fuera de la lógica del trabajo. Si buscas una actividad que genere ese espacio de forma natural y sin forzar nada, en Lo Catamos llevamos desde 2009 ayudando a equipos a conocerse un poco mejor a través de la cerveza.





