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Aprender de vino sin ponerse serios

Hay quien recibe la carta de vinos de un restaurante como quien recibe una patata caliente: la mira dos segundos y se la pasa al de al lado. No es falta de gusto. Es miedo a decir una tontería. Una cata de vino para principiantes existe justo para desactivar ese miedo: sin examen, sin jerga de sobremesa de congreso y sin que nadie te mire raro por decir que algo huele a gominola de fresa.

 

Qué es una cata de vino para principiantes (y qué no es)

Una cata de vino para principiantes es una degustación guiada en la que pruebas varios vinos en un orden pensado, con alguien que te enseña a mirar, oler y saborear con atención, y a ponerle nombre a lo que notas. No hace falta saber nada antes. Es más: ayuda no saber.

Lo que no es, también conviene dejarlo claro. No es una clase de enología con apuntes. No es un examen oral. Y no es un concurso de a ver quién dice «taninos sedosos» con más aplomo.

Ya contamos cómo el vino rompe el hielo en un equipo. Esto va de la otra mitad de la historia: lo que te llevas en la cabeza (y en la nariz) cuando se vacía la copa. Porque una buena cata no solo se disfruta. También se aprende, aunque nadie lo note.

 

El miedo a decir una tontería no cabe en la copa

El vino arrastra fama de club privado. Palabras raras, copas que se giran con ceremonia, gente que huele el corcho con cara de notario. Normal que medio grupo llegue a su primera cata con el mismo entusiasmo que a una revisión en el dentista.

Pero aquí va lo bueno: en una cata no existen respuestas incorrectas sobre lo que tú percibes. Si un blanco te recuerda al estuche de lápices del colegio, eso es información. Quien guía la cata no te corrige. Te traduce.

«Eso que dices tiene nombre.» Y de repente tu estuche de lápices es una nota de madera, y tú acabas de aprender algo sin darte cuenta. Ese es el truco para aprender de vino sin ponerse serios: el conocimiento entra por la puerta de atrás, pegado a una sensación que ya era tuya.

Por eso se queda. Los datos memorizados se olvidan el lunes. El vino que te olía a gominola lo vas a reconocer durante años.

¿Y quién ya sabe un poco? Bienvenido también. Suele descubrir que su vocabulario de etiqueta no siempre coincide con lo que tiene delante. Humildad en formato de 75 centilitros.

 

Mirar, oler, probar: lo que se aprende en una hora

La estructura de cualquier cata es sencilla, casi de receta. Tres pasos, sin atajos.

Primero se mira. El color da pistas: un tinto joven suele tirar a violáceo y uno con más años se va hacia tonos teja. Y aquí cae el primer mito del día. Esas «lágrimas» que resbalan por el cristal no dicen si el vino es bueno. Hablan sobre todo del alcohol y de cómo se evapora. Mucha poesía para un fenómeno físico.

Después se huele, dos veces. Una con la copa quieta y otra después de moverla, que es cuando el vino suelta lo que tenía guardado. Es el momento en que más cambian las caras: el mismo vino parece otro con solo girarlo un poco.

Por último, se prueba. Y cae el segundo mito: el famoso mapa de la lengua, ese dibujo del cole con lo dulce en la punta y lo amargo al fondo, es falso. Los receptores de los sabores básicos están repartidos por toda la lengua.

Lo que sí es verdad es que buena parte de lo que llamamos «sabor» es olfato, que sube desde la boca hacia la nariz por detrás. Prueba a tapártela mientras das un sorbo: el vino se queda en casi nada. Es el experimento más barato y más desconcertante de toda la tarde.

 

Aromas y variedades: vocabulario sin postureo

¿Cómo se pasa de «huele a vino» a «huele a fruta roja madura»? Con un poco de orden. Los aromas se suelen agrupar en tres familias. Los primarios vienen de la uva: fruta, flores, hierbas. Los secundarios nacen de la fermentación: pan, levadura, algo de yogur. Los terciarios llegan con la crianza: madera, vainilla, tabaco, cuero.

Para no perderse, existe la rueda de aromas del vino, creada en la Universidad de California en Davis por la investigadora Ann C. Noble en los años ochenta. Es una chuleta circular que va de lo general («afrutado») a lo concreto («frambuesa»). Nadie te obliga a usarla, pero da mucha tranquilidad saber que existe.

Con las variedades pasa algo parecido. No hace falta memorizar un listado. Basta con probar dos vinos muy distintos uno al lado del otro para descubrir que no todos los blancos son «ligeros» ni todos los tintos «fuertes». La comparación enseña más que cualquier definición.

Y aprender de vino, al final, es eso: comparar hasta que las diferencias se vuelven evidentes. Primero ves dos vinos. Luego ves dos personalidades.

 

Cata de vinos para empresas: aprender sin que parezca una formación

Aquí viene lo interesante para quien organiza. Una formación tiene diapositivas, alguien que habla y un grupo que mira el móvil por debajo de la mesa. Una cata tiene copas. La diferencia parece pequeña y lo cambia todo.

En una cata de vinos para empresas, el aprendizaje ocurre de lado. Nadie llega con cuaderno. La gente prueba, compara, opina y se ríe de sus propias descripciones. Al terminar, el equipo distingue aromas que antes ni sabía que existían, y nadie tiene la sensación de haber pasado por un curso.

Hay otro efecto curioso: el vino iguala. Lo que percibe tu nariz no depende de tu cargo, y quien más acierta con los aromas no tiene por qué ser quien más manda en la sala. Pocas veces una actividad de vino para equipos da ese pequeño vuelco sin que nadie lo fuerce.

En Lo Catamos llevamos desde 2009 organizando catas y talleres, con más de 5.000 actividades para empresas a la espalda. Las catas corporativas duran entre 30 y 120 minutos y se pueden hacer en toda la Península Ibérica y Baleares, con bases en Barcelona, Valencia, Madrid, Málaga, Sevilla y Murcia. Tiempo y sitio hay. Máster previo, ninguno.

 

Cuando aprender de vino se convierte en juego

Si tu equipo es de los que se crecen con un marcador delante, la cata de vino divertida tiene una versión todavía menos solemne. Dentro del team building de Lo Catamos hay formatos como el Trivial de Vinos o Crea tu propio Vino, pensados para grupos desde 30 personas.

La lógica es la misma que en la cata: aprender probando. Solo cambia el envoltorio. Cuando hay equipos y algo en juego, la gente presta el doble de atención a lo que tiene en la copa, porque de repente distinguir un aroma sirve para algo. Para ganar, por ejemplo.

¿Qué formato elegir? Depende del grupo. Si buscas conversación y descubrimiento, cata guiada. Si buscas pique sano y algo de ruido, juego. Y si dudas, pregunta: para eso está quien diseña la actividad.

 

Preguntas frecuentes

¿Hace falta saber de vino para participar en una cata?

No. Una cata de vino para principiantes está pensada precisamente para quien no sabe, o cree que no sabe. Quien guía la sesión va soltando el vocabulario poco a poco y siempre a partir de lo que percibe el grupo. A la media hora, casi todo el mundo habla de aromas con más soltura de la que esperaba.

¿Cuánto dura una cata de vinos para empresas?

Entre 30 y 120 minutos, según el objetivo del evento, el número de personas y lo que venga antes y después en la agenda. Una cata corta funciona bien como aperitivo. Una larga deja más espacio para comparar vinos y para que la conversación se estire sin prisas.

¿Cuántas personas hacen falta?

El grupo mínimo facturable para una cata para empresas es de 15 personas. Los formatos de team building, como el Trivial de Vinos, están pensados para grupos desde 30 personas. Por arriba no hay un aforo máximo publicado: se estudia cada caso.

¿Y si en el equipo hay gente que no bebe alcohol?

Conviene decirlo al pedir la propuesta, para tenerlo en cuenta desde el diseño. Si una parte grande del grupo no bebe, otra salida es cambiar de producto: una cata de aceite trabaja los mismos sentidos y no lleva ni una gota de alcohol.

¿Se puede hacer fuera de una gran ciudad?

La cobertura es la Península Ibérica y Baleares, con bases operativas en Barcelona, Valencia, Madrid, Málaga, Sevilla y Murcia. Lo práctico es contar dónde y cuándo será el evento y plantear la logística a partir de ahí.

 

Tu primera copa con criterio

Aprender de vino no exige ponerse serio. Exige atención, curiosidad y alguien que traduzca lo que ya estás notando. Una cata de vino para principiantes te da las tres cosas en una tarde. Y te deja algo que dura más que el evento: la próxima vez que te pasen la carta de vinos, igual no la sueltas tan rápido. Descubre las catas de vino de Lo Catamos.

 

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